Un poco de todo…

Medicamentos y otros bichejos químicos curiosos

La farmacia de la naturaleza y los piratas

Posted by azuara en 24 abril 2007

¿Cómo se descubre o inventa un medicamento? (III)

I – La historia del descubrimiento de los medicamentos
II – Algunos ejemplos de medicamentos naturales

Hace unas semanas estuvimos hablando de medicamentos que habían sido descubiertos en la naturaleza. Quedaba por puntualizar que, aunque en un principio estos fármacos se extraían de plantas, en la actualidad, la mayoría de ellos se fabrican en el laboratorio, por dos razones: así se garantiza la pureza del compuesto y se protegen los limitados recursos naturales. En esta entrada, por ejemplo, explicamos el problema de la falta de artemisas para fabricar el tratamiento más importante que se usa contra la malaria hoy en día: la TCA.

Porque, como ya comentamos, la búsqueda de remedios naturales no ha, ni mucho menos, terminado. Una rama importante de la industria farmacéutica se ocupa del análisis de medicamentos naturales utilizados por distintos pueblos de forma tradicional: La etnobotánica. Dado que existen más de 250.000 especies vegetales en el Planeta, y que se ignora el potencial médico de al menos el 95%, el sentido común nos dice que hay muchas sustancias utilizables como medicamentos que aún esperan ser descubiertas.

Tras el terremoto de 1985 en México muchos heridos fueron tratados con un viejo remedio, el tepezcohuite, que ya conocían los mayas. Este polvo de la corteza de una pequeña mimosa acelera la cicatrización de las heridas. Los análisis de la planta descubrieron una increíble riqueza biológica capaz de estimular la reproducción celular y frenar su degeneración. Hoy en día, los campos de tepezcohuite mexicanos están protegidos por el ejército.

Mano a mano, la etnofarmacología se encarga de separar los distintos componentes que forman un producto natural y analizarlos en ensayos biológicos. Cuando se obtiene alguna molécula interesante se la considera un líder de una nueva familia de medicamentos, y se “inventan” derivados que la puede intentar mejorar. Para ello se realizan modificaciones químicas establecidas o al azar (en compuestos nuevos), pero de esto hablaremos más adelante.

Otro método para descubrir moléculas innovadoras es la mencionada prospección química, que consiste en la creación de enormes bibliotecas de compuestos químicos que se someten a ensayos que nos den pistas sobre su posible utilidad. En la actualidad gracias a la bioinformática se pueden analizar millones de moléculas en muy poco tiempo. A esto hay que unir los avances en la automatización de los ensayos farmacológicos y el empleo, para identificar sustancias activas, de receptores especificos y de cultivos de células.

Una de estas prospecciones de productos naturales con propiedades anticancerosas la realizó el National Cancer Institute en los años 50. Treinta y dos años después, tras haber examinado 35.000 compuestos, sólo uno, el taxol, que se extrae de la corteza del tejo, demostró tener propiedades antitumorales y antileucémicas aptas para el uso humano. Sin embargo, obtenerlo de su fuente natural supone el sacrificio del árbol y su síntesis de novo tampoco es rentable. Como explican muy bien en el Arbol de la Ciencia, la vía de investigación actual está orientada a encontrar otras sustancias similares en el tejo pero más abundantes y fáciles de obtener (en las hojas, por ejemplo) que se puedan transformar en taxol.

Sin embargo, en estos días el panorama de la prospección química se ensombrece porque la variedad de los seres vivos y ecosistemas enteros del Planeta, su biodiversidad, están disminuyendo.

Un ejemplo concreto de la búsqueda del equilibrio entre investigación y medio ambiente lo encontramos en 1991 en Costa Rica. El país resolvió que un cuarto de su superficie sería destinado a la conservación y, para ocuparse de ella, creó el Instituto Nacional de Biodiversidad (INBIO). El INBIO se propuso la enorme tarea de indexar su biodiversidad que, como suele suceder en los trópicos, normalmente por falta de medios, no había sido catalogada. Pero esta información era de un interés enorme para la industria, y la farmacéutica Merck acordó dar fondos al instituto a cambio de los derechos para explotar estos compuestos químicos. El contrato estableció además que una parte del pago debería ser invertido específicamente en la protección y conservación de la biodiversidad, lo que supuso un importante precedente al que siguieron otras industrias y países.

En la actualidad destaca el programa establecido por el Grupo Internacional para la Cooperación en Biodiversidad, que promueve la investigación de compuestos medicinales en todo el mundo, y asegura el retorno de una fracción de los beneficios a los países de origen de los productos y su empleo para la conservación. La idea es que éste y otros institutos de biodiversidad actuarían como organizaciones sin ánimo de lucro estimulando por un lado la investigación y por otro administrando los beneficios en programas públicos y gubernamentales (normalmente de países en desarrollo) de conservación ambiental.

Por otra parte, además de todas estas plantas y animales potencialmente beneficiosos para el ser humano que todavía no se conocen, tenemos que pensar que las técnicas de análisis han mejorado considerablemente en los últimos años. Por eso, muchas especies de latitudes “menos tropicales” deberían ser reexaminadas también usando estas nuevas técnicas, pues podrían contener compuestos nuevos, sólo detectables por estos procedimientos.

Pero tanta riqueza médica tiene un precio y la biopiratería es su consecuencia. Se da la situacion absurda en la que instituciones científicas de los países ricos envían expediciones a estudiar el uso que hacen las comunidades aborígenes de las plantas y cuando regresan patentan los conocimientos adquiridos.

Para luchar contra la biopiratería, la solución que encuentran los gobiernos que quieren proteger sus recursos naturales es registrar su biodiversidad lo más rápido posible y poder así reclamar sus derechos sobre ella, como hizo Perú recientemente con la maca, la uña de gato o el yacón. “Debido a la biopiratería, en 1992, Perú no pudo presentar en una feria de Sevilla (España) la forma tradicional de extraer el componente activo de la uña de gato pues una empresa alemana tenía la patente“.

Sin embargo, que los derechos sobre una planta, su uso o su extracción pertenezcan a una institución o a un país, no va a arreglar demasiado la situación. Las especies biológicas, ¿no deberían ser de todos?


Creo que con estas tres entradas hemos tratado muchos aspectos sobre cómo se descubren los medicamentos. Pero no piensen que hemos terminado. Todavía falta por explicar cómo se inventan, de qué cabezas salen esos bichejos químicos que sirven para curarnos y que no están en la naturaleza. También hablaremos brevemente del último hito de la farmacología, la terapia génica, de forma comprensible para todos. Y para terminar, veremos las peripecias por las que pasa una molécula potencialmente útil hasta que por fin llega a nuestras farmacias… si llega.

Más enlaces | La naturaleza continúa siendo el origen del 70% de los medicamentos
La descripción de especies y la biopiratería
Wikispecies – Directorio libre de las especies

5 comentarios to “La farmacia de la naturaleza y los piratas”

  1. Anonymous said

    Muy interesante, como siempre! Y sobre todo muy bien explicado.

    Al final me parece que se mezcla todo un poco con las patentes y la propiedad intelectual. De acuerdo con que los seres vivos no se puedan patentar, pero un método de extracción del principio activo, por qué no?

    Enhorabuena por el blog Azuara

    Saludos

  2. Azuara said

    Tienes razón, te remito comentario de Anso. Las técnicas de extracción, purificación, etc, se patentan. Y tiene sentido.

    Lo que ya no me parece tan normal es que se patenten moléculas existentes. Donde yo estaba tenían los derechos sobre una citoquina (una proteína del sistema inmune), porque la habían descubierto en el laboratorio. Bloquear la investigación de otros grupos por un poco de orgullo no me parece ético.

    Saludos, y vuelve cuando quieras🙂

  3. anso said

    Para empezar, gracias por las citas😉

    Tema patentes. Que se patente una molécula no impide la investigación sobre ella. Por ejemplo, el propio taxol.

    O el ejemplo más claro: viagra. Estaba patentado, pero descubrieron que servía contra la disfunción eréctil. Con lo que alguien hizo una segunda patente sobre eso. Y se la vendió a los que tenían la primera, que son los únicos que podían vender la pastilla… antes de eso no se vendía porque no era demasiado activo.

    Otra cosa es que estemos de acuerdo con el sistema de patentes. Yo, personalmente, no lo estoy, aunque sé que es un poco utópico que la investigación farmacéutica sea pública. ¿Estamos dispuestos a pagar más impuestos por ello?

  4. Azuara said

    De patentes sé algo menos, de lo único que estoy segura es que cada vez que pillaban en el PubMed un artículo sobre la citoquina (“chemerin” se llama, por si tienes curiosidad) se ponían todos de uñas. “Que a ver para qué pagan una pedazo de patente para que no valga para nada luego y tal”. A mí me parece muy raro que se puedan quedar con algo que existe, pero bueno, asín de raritos son los científicos a veces😛

  5. anso said

    ¿Uñas? Tú patentas para que nadie venda… pero eso no impide que se investigue sobre ello. -De hecho les beneficia, puesto que son los únicos que pueden aprovecharlo.

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